Motivación y estrategias para adelgazar

Para adelgazar, amor.

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Hay aprendizajes que precisan tiempo.

Su tiempo, el necesario.

Ni más ni menos.

Lo mío con mi cuerpo, con mi peso fue cuestión de décadas.

Estaba empecinada en la comida, en la comida…ahí iba toda mi atención. Pensaba en ella todo el día. Era mi cielo y mi infierno.

Obtenía gran placer con la comida pero a la vez la culpaba por causar todos mis males.

Una espiral en la que me sentía cada vez más atrapada.

La alternancia de dietas restrictivas y momentos de descontrol a tope era la historia de mi vida.

Era una montaña rusa emocional, aunque la tendencia era a sentirme mal por mi escasa capacidad para mantenerme firme.

¿En que fallaba?

¿Cual era el problema de mi cuerpo para adelgazar?

¿Por que sentía esa adicción hacia la comida?

Cuando mi mente divagaba, empezaba de nuevo el ciclo. Un poco de dulce siempre me anestesiaba y me reconfortaba.

Vivía en la lucha. Una encarnizada batalla campal se estaba librando. El enemigo a batir era…mi propio cuerpo.

Con sus redondeces, celulitis,estrías…lo odiaba, sinceramente durante mucho tiempo viví con indiferencia, rechazo y deseo de que apareciese una varita mágica en mis manos que pudiera hacer desaparecer esas partes de mi cuerpo que no vivía como mías.

El sentimiento era de ser un Frankenstein: mi cuerpo estaba compuesto por partes que no eran armoniosas entre sí. No me sentía bella, arrastraba complejos desde niña más allá del peso, como mis dientes o las pecas de mi cara. No paraba de criticarme a mi misma.

A veces este malestar me llevaba a negar la situación, me creaba una “realidad paralela” donde todo iba bien, aparentaba no importarme mi peso de cara a la galería. Con una gran sonrisa trataba de aparentar que estaba bien. Me daba miedo mostrarme vulnerable. Frágil e insegura.

Y esa lucha no me llevaba a ningún lugar, tan solo a la autodestrucción.

Cuando mi autoestima estaba bajo mínimos, dejé de obcecarme en enfocarme en la comida, en todo lo que odiaba de mi misma.

Mi cuerpo me estaba tratando de hablar pero yo le ignoraba. Hasta entonces había elegido la vía de hacer las cosas por medio del sufrimiento extenuante.

Es un trabajo progresivo, complicado al principio, pero empecé a crear vías de comunicación con él. Primero cambié mi actitud de “deja de causarme problemas” a “vamos a hacerlo juntos”.

Aceptar la situación tal y como era, en lugar de enfadarme con el espejo por la imagen que me devolvía. El espejo no era responsable de nada.

En ese momento de mi vida estaba en pleno postparto, viviendo un momento tan amoroso hacia mi pequeña familia, que creo que algo del amor que sentía por mi bebé empecé a sentirlo por mi misma. ¿Me estaba contagiando de amor?

La cuestión es que me sentía agradecida por primera vez hacia mi cuerpo. Me parecía que era una diosa. Gorda, pero diosa al fin y al cabo.

¿Estaría bien eso de quererse, o me iba a convertir en una egocéntrica?

Sea como fuera, dejé de hacer las cosas como las había estado haciendo toda la vida.

Tras ser madre me di cuenta de que mi cuerpo era capaz de hacer cosas increíbles. Si había dado a luz a un pequeño hermoso, ¿cómo no iba a ser capaz de tener un peso saludable?

Se me encendió la bombilla y me di cuenta de que LA NATURALEZA DEL CUERPO, SU ESTADO NATURAL, ES LA SALUD.

Si no estamos en salud es porque estamos haciendo algo para perderla o alejarnos de ella. Nos interponemos con nuestra forma de vivir y pensar.

Fui consciente de que mente y cuerpo son inseparables, aunque nuestra mirada racional no sea capaz de ver hasta que punto.

Hoy puedo decir alto y claro que mis pensamientos eran los principales responsables de mi obesidad. Patrones y creencias que perpetuaban esa realidad que había asumido como mía.

Tal y como piensas es lo que verás en tu vida. Tu mando de operaciones está en tu mente. Yo tenía mentalidad de gordi: en resumen podría decir que vivía desde la escasez y desde el miedo.

Fue un trabajo de quitar capas, de desmontar las corazas que me había construido para proteger mi corazoncito.

Dejar de luchar contra lo que odias y cambiarlo por centrarte en lo que amas siempre es un buen punto de partida.

Ahora se que todos esos años de mi vida han tenido su finalidad, han sido mi escuela, la forma de empezar a reconocer quien soy realmente, de lo que soy capaz. Tuve que estar al límite para reaccionar.

A mi me ha sanado el amor, no tanto lo que como o dejo de comer. No.

Amarme.

AMARME, en mayúsculas. Dejar de creer que era imperfecta, incompleta, errada, insuficiente… Esa era la identidad que me había creado para encajar,para pasar sin pena ni gloria y ser una chica más.

Me había llevado a tal punto de desconexión conmigo misma que era una auténtica desconocida para mi.

Mi cambio exterior se debe a un cambio interior. Bueno, ni siquiera cambio, porque cada persona ya viene al mundo con el potencial de manifestar en su vida lo que es.

Simplemente tuve que deshacerme del lastre, de esas máscaras que me fui poniendo a medida que me alejaba de mi yo genuino.

Por momentos odié mi cuerpo, mis kilos, mi inseguridad. Ahora lo bendigo y se que son los escalones que me están llevando a reencontrarme a mi misma, a entender mi parte espiritual y a saber que soy una expresión del amor. Fue el amor de mis padres lo que me trajo aquí. También el amor te creó a ti.

Aún sigo mi camino, amarse es un proceso que dura toda la vida. Entiendo que todas las experiencias que vivo están bien para mi. Ya no trato de cambiarme, de cambiar a los demás o las circunstancias.

Ahora se que mi poder pasa por mi actitud. Avanzo con confianza, con amor y libre de vergüenza. Sin culpa.

Te animo a ponerte en disposición de escuchar a tu cuerpo. A mirarte con amor y comprensión. A mandar a paseo a tu crítica interna. No dijo que te resignes, todo lo contrario. Trabaja por tus sueños y deseos, pero siempre hazlo desde el amor.

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